miércoles, 8 de abril de 2015



¿Sabes? ¡Soy tan feliz con la vida que llevo contigo!

Eso me dices con la cara iluminada, cogiendo tus cosas para irte al trabajo. Estás ya arreglada, guapísima, de pie, con las llaves del coche en una mano y en la otra tu bolso. Me lo dices sin venir a cuento. Hace un rato hemos llegado del gimnasio y tú te has apresurado para prepararte y marchar a trabajar. Yo me he quedado mientras tanto en la planta de abajo, en el salón, sentada con los perrillos, tomando un café, relajada y distraída haciendo tiempo para ir a darme una ducha. 

Cuando te he oído, cuando te he mirado y te he visto, tan llena de luz, no me ha sido posible detener el sobrecogimiento, la ola de besos que me ha inundado y que me llegaba a través de tus ojos, tan fijos en los míos. Te he sonreído, incapaz de pronunciar palabra. Podría haberte contestado con un te quiero, que me hubiera insatisfecho, porque es poco decir te quiero cuando quieres de verdad. 

No he podido responder que amarte es lo mejor que me ha pasado en mi vida, y que tú me ames es el milagro que todos los días la vida me regala. No te he dado las gracias por hacer que sea la persona que me gusta ser, por acompañarme en este pozo que es la vida, por tener siempre tu mano  preparada y tirar de mí, y llevarme contigo a donde haga falta con tal de ir las dos...

Me he quedado muda, sin poder articular palabra. Tonta sin remedio. No sé cómo he podido contenerme y no correr hacia ti y comerte a besos. Ya estabas en la puerta, no podías entretenerte para no llegar tarde al trabajo. Sin embargo, has sabido elegir las palabras justas para que todo encaje. Te has ido satisfecha, habiendo dicho lo que querías decir. Y a mí me has dejado flotando con el eco de tus palabras, recordando tus gestos, tu cara, tu pelo, tu voz, la luz de tus ojos cuando me has dicho que eras feliz. 















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