domingo, 16 de noviembre de 2014

Tu cumpleaños

Hoy, dieciséis de noviembre, es tu cumpleaños. Ya no cumples. Pero siempre seguirá siendo tu cumpleaños. Una semana justa antes de ese día te marchaste. Hace ya seis años. Cómo pasa el tiempo. Rápido cuando nos parece que vuela. Lento cuando nos parece que no avanza...

El tiempo es relativo. Pero seis años son muchos. Así lo veo yo ahora que hace seis años, más bien siete, desde tu último aniversario.  

Sueño contigo muchas veces. Sueño y ahí estás tú. Sales de mil modos en mis escenas oníricas. Y yo pienso y sé que eres tú, que ya no estás. 

Recuerdo muchas cosas de cuando era pequeña. Fui una niña con un gran mundo interior. Como casi todos los niños, supongo. Se me vienen momentos grabados en mi retina infantil.


Tengo la imagen de un cucurucho de helado de chocolate enorme. Exagerado de grande. Me lo compraste en el centro, en la Plaza de las Tendillas, de Córdoba. No sé los años que tendría, acaso nueve o diez. Qué importa. Me diste a elegir el tamaño y me sorprendió que aceptaras mi petición. No solías dar caprichos así como así. Ese día me comí el cucurucho más grande que jamás hubiera pensado. Me descolocó tu concesión. Pero me encantó ver tu cara satisfecha mirando cómo chupaba esa bola enorme, intentando que no se cayera. 


Una tarde salimos a pasear, yo llevaba una pelota mediana de goma, de colores, preciosa. Era nueva, recién la estrenaba. Tú me habías aconsejado no llevarla. Podía escapárseme de las manos e ir a parar a la carretera, que pasara un coche y, como efectivamente ocurrió, la estallara; rajándola en varios trozos. Cuando la pelota iba directa hacia el coche y vi como la destrozaba, me di cuenta de lo fugaz que puede pasar una dicha y de cómo la fatalidad nos envuelve. Lloré tanto por esa pelota. Era tan preciosa mi pelota, mía por una tarde. La mejor pelota que tuve nunca. Tú solo me respondías: te dije que pasaría, no llores más. Pero mi pena era porque yo quería esa pelota, la pelota más preciosa que nunca tendría.



En una ocasión me hiciste un vestidito,muy típico de aquella época de los setenta, que me pareció lindísimo. El cuerpo de "panal de abejas", mangas cortas "bombachas", cuello bebé; beige con pequeñas florecitas. Mi media melena con una felpa. Los calcetines blancos hasta la rodilla y unos zapatos tipo mocasines, azules con la pala blanca. Se me veían unos pies enormes, porque yo era bajita pero con un número grande de pie para mi constitución pequeña. Recuerdo, cuando lo estrené, que fuimos de visita a casa de mis tíos. Yo fui presumiendo de vestido y creo que tú también. Me veía tan guapa (me sentaba estupendamente) con ese vestido hecho por ti a mi medida.





Me vienen muchísimos recuerdos de cuando era pequeña y tú suponías tanto en mi mundo, es decir, todo. Ya de mayor es como si quisiéramos o tuviéramos la necesidad de ser otros muy distintos. Todo se diluye. Todo queda flasheado reconfortándonos en la ansiedad, en la pérdida, que, desde hace ya tanto tiempo, hemos perdido...





Los años se cumplen porque efectivamente ellos pasan, van a seguir pasando. Nos sucederán los días, todos los días (incluidos aquellos que nos sobrevivirán) cumpliéndose. Por eso hoy (no puedo pasarlo por alto) sigue siendo tu cumpleaños, aunque tú ya no cumples. Para los que nos quedamos, a veces, hay fechas en el calendario, días, que hacen un nudo en el corazón y aprietan fuerte.










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